Dios le prometió a Abraham algo que él no vería completo: una descendencia como las estrellas y una tierra para sus hijos. Abraham creyó y administró su vida con esa visión de largo plazo — no vivía solo para su día, sino para generaciones que aún no nacían. De él salió un pueblo, y de su línea, el Salvador. Su fe fue un legado que bendijo al mundo entero.
“Serán benditas en ti todas las familias de la tierra.”
Génesis 12:3