El retrato bíblico de la excelencia no es un magnate, sino una mujer trabajadora. Se levanta de madrugada, considera un campo y lo compra, planta una viña, negocia, teje y vende, y aun extiende la mano al necesitado. No trabaja por avaricia, sino con propósito y temor de Dios — y su casa, su negocio y su nombre prosperan. Su diligencia predica.
“Ceñó de fuerza sus lomos, y esforzó sus brazos. Ve que van bien sus negocios; su lámpara no se apaga de noche.”
Proverbios 31:17-18