Lo tenía todo: miles de animales, tierras, casa y familia. Y en un solo día lo perdió casi por completo. Su respuesta no fue maldecir, sino adorar: entendió que nunca fue el dueño, solo el administrador. Por eso su fe no se derrumbó cuando lo perdió — estaba anclada en el Dador, no en lo dado. Al final, Dios lo restauró al doble.
“Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito.”
Job 1:21