Su esposo murió y le dejó una deuda que no podía pagar. El acreedor venía a llevarse a sus dos hijos como esclavos — la esclavitud de la deuda, literal. El profeta Eliseo no le regaló dinero: le preguntó qué tenía en casa. Con una sola vasija de aceite y fe, Dios multiplicó lo poco hasta que vendió lo suficiente para pagar toda la deuda… y vivir de lo que quedó. Salió libre con lo que ya tenía en la mano.
“Vende el aceite, y paga a tus acreedores; y tú y tus hijos vivid de lo que quede.”
2 Reyes 4:7