Era jefe de los cobradores de impuestos: rico, pero odiado, porque su fortuna venía de estafar a su propia gente. El dinero era su señor. Cuando Jesús entró a su casa, su corazón cambió en un instante: “La mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo defraudé a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.” El dinero dejó de ser su ídolo y pasó a ser instrumento de restauración. No se volvió pobre: su corazón se volvió libre.
“He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.”
Lucas 19:8